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Catalina Hollmann _ La mujer que buscaba el defecto perfecto

Comunidad

2025

Entrevistamos a Catalina Hollmann, ceramista, en su taller de Parque Chad. Hablamos de una práctica sostenida por casi veinte años de oficio, por la intuición y por una relación con el error. De trabajar con rollos, de usar un torno patero, de aceptar que algunas piezas fallen y aun así se queden.

Entrevista y dirección creativa por Natalín Abad, dirección de arte Santiago Leguizamón, con fotografía de Olivia Moyano, producción creativa de Rocío Piñero Pacheco y redacción de Camila Campagnoli.


Diálogos II


Natalín Abad (NA): Para arrancar este diálogo, ¿cómo describirías tu práctica?
Contanos un poco sobre tu proyecto y los pilares de tu trabajo.

CH: Me gusta describirlo como un taller artesanal–contemporáneo. Encontré esta
dupla que me parece que sintetiza bien lo que hago. Lo contemporáneo me acompaña
y completa esta idea de una pieza que, si bien es súper artesanal, conserva una mirada
actual de lo hecho a mano. Eso desplaza la pieza hacia otro lugar, incluso si es
utilitaria o decorativa. Detrás del hacer hay también una búsqueda formal y
conceptual.

NA: ¿Cuáles son los pilares que sostienen tu práctica, aquello que va más allá de la
técnica?

CH: La intuición, definitivamente. Cuando hablo de intuición, hablo de esa
acumulación de conocimiento inconsciente de práctica/oficio propios que fui
obteniendo y que me permiten jugar; ir y venir dentro de mi sistema. Esto muchas
veces escapa a la técnica y aunque tengo ya casi 20 años de oficio, la posibilidad de
la falla siempre está presente. Acá la intuición cumple la función de autorizar y decir
“esto sí” o “esto no”. Es un diálogo interno, una declaración íntima.

NA: En retrospectiva, ¿qué te llevó a arrancar? ¿Cuál fue la chispa que encendió este
recorrido de casi dos décadas?

CH: Básicamente, el no saber qué hacer cuando terminé el secundario. Año 2005,
todos mis amigos empezaban el CBC y yo quedé en un estado de no saber. Me anoté
en sociología, pero 15 días fueron un montón. Mi mamá, que se dedica al arte y había
hecho escultura, me veía en ese proceso y me ofreció algo. Había guardado un recorte
de una Para Ti de los años 90 que anunciaba el taller de Maximiliano Abbiati en
Colegiales, un taller de alta temperatura. Me dijo: “¿No querés ir a probar vos?”. Y
así, sin saberlo, empezó mi historia con la cerámica.

NA: ¿Y cómo fue ese primer encuentro con la materia?

CH: Me acuerdo que llegué al taller y tuvimos una pequeña charla en donde me
preguntó qué me gustaba hacer, cuáles eran mis intereses. Yo le conté que me gustaba
escribir –las palabras me siguen obsesionando–. Ese día, como primer acercamiento
al material, empecé con la técnica de rollos –también conocida como técnica de
chorizos– . Y a partir de ahí fueron años dedicándome a este tipo de construcción.

NA: Si pensamos en herramientas, ¿cuál fue la primera tecnología que adoptaste, esa
que se volvió clave en tu taller?

CH: Adopté un torno patero. Fue en el taller de Maxi en donde vi uno por primera
vez. El torno patero funciona, como su palabra lo indica, haciéndolo girar con el pie.
Un día me lo ofreció y empecé a usarlo para construir mis piezas. En las clases era
casi la única que hacía rollos. Un tiempo después, tuve la suerte de poder tener el
mío. Es una joya que conservo hace ya muchos años.

NA: La técnica del rollos implica una gestión particular de la forma y la escala. ¿Cuál
fue la primera forma que salió de tus manos, esa que recordás con más claridad?

CH: En ese momento hacía piezas bastante grandes, todas hechas con rollos.
Recuerdo una vasija con dos bocas, y también un huevo enorme. El avance con esta
técnica era muy lento y requería de muchísima paciencia. Yo no pensaba en eso;
estaba fascinada, cautiva en este nuevo mundo plástico y húmedo.

NA: Ese proceso suena intensivo. ¿Qué aprendiste de la arcilla sobre la paciencia?

CH: El material nos expone, entre otras cosas, a la paciencia y a la frustración. Un
nivel alto de ansiedad que se va trabajando a medida que pasan los años: hacer la
pasta, secarla, construir la pieza (que salga bien), que seque completamente para
luego biscocharla, esmaltarla, volver a hornearla y pasados todos esos días –semanas
y hasta meses– rogar que todo haya salido como esperábamos. Por supuesto que los
márgenes de error se van acortando a medida que vamos aprendiendo y el oficio nos
va dando seguridad. El material nos muestra sus límites, nos enseña.

NA: Hablemos de estilo. ¿En qué momento sentís que encontraste tu firma, tu
identidad visual?

CH: No fue algo que busqué conscientemente. Creo que la identidad se fue tejiendo
en el hacer, en el oficio diario y también en la mirada atenta y quirúrgica de mi
proceso. Son horas y horas de taller. Confiar, revisar, perderse y sobre todo hacer,
siempre hacer. Mi amor está en la construcción, en el gesto, en la teatralidad de la forma.

NA: Y si tu amor es la forma, ¿cómo se relaciona esto con el color? Tu paleta es muy
distintiva.

CH: En mis comienzos me costaba mucho pensar en un color al momento de
esmaltar. Pienso que con el blanco encontré eso: en primera instancia una solución al
esmalte, y a su vez –y creo que esto terminó siendo lo más importante–, un gesto
contemporáneo. De todas maneras, hace poco empecé a incursionar en el color y me
tiene muy entusiasmada. También juego con el dorado.

NA: El dorado parece un delirio. ¿Cómo lo aplicás?

CH: Es un delirio porque se usa en realidad para hacer pequeños detalles, no para
bañar una pieza. Sobre todo por el alto costo. Son esas decisiones que me permito por
ser muy poco ortodoxa en este sentido. En general utilizo los materiales muy
libremente y me arriesgo a sus limitaciones y consecuencias.

NA: Si tuvieras que inventar una herramienta radicalmente nueva para tu trabajo,
algo que desafíe los límites del material, ¿cuál sería su función primaria?

CH: Inventaría una herramienta de soporte temporal para sostener partes frágiles de
una pieza mientras se construye. Imagino una base pesada con brazos articulados y
ajustables –algo similar a una lámpara de escritorio– que terminan en pequeños
apoyos blandos de silicona o goma para tocar la pieza sin marcarla. La función sería
sostener provisionalmente pequeños volúmenes de arcilla recién agregados que
todavía están demasiado húmedos y podrían ceder por su propio peso mientras la
pieza continúa desarrollándose.

NA: ¿Y hay alguna herramienta física, que uses cotidianamente, que no prestás a
nadie, tu objeto precioso?

CH: Hace poco compré una que es para hacer la mordiente en la pasta y agregar
barbotina para luego unir dos partes. Aunque toda la vida lo hice con una lanceta,
admito que esta es muy linda y me la reservo. Uso muy pocas herramientas. Cuido
mucho las que tengo y genero un vínculo con cada una. Y mi torno patero, también!

NA: En este proceso de hacer y experimentar, ¿hay algún descubrimiento inesperado
que te haya regalado el horno o un material, que hayas adoptado como parte de tu
lenguaje?

CH: Sí, los llamo defectos-efectos. A veces los tomo y a veces no. No cualquier
defecto es considerado válido dentro de mi lenguaje. Me interesa la tensión entre lo
nítido y lo roto. Es decir que en su justa medida, estos defectos-efectos a veces me
ayudan en este balance. Aunque parezca lo contrario, decidir si un defecto se queda,
es para mi un trabajo minucioso y muy cuidado.

NA: Como cierre, y pensando en el diálogo constante que existe entre el arte y la
vida: si pudieras tomar el té con alguien, vivo o no, ¿quién sería?

CH: Mmm… El surrealismo todo! Siempre estuvo presente. A veces me dicen que mi
trabajo tiene algo de “Alicia en el país de las Maravillas” y eso me saca una sonrisa.
Algo del mundo de fantasías, de ensueños. Lo lúdico, lo teatral, lo escénico, la
poesía. Lo que no puede ser pero es. Me hipnotiza. Creo que lo que me hipnotiza es
el misterio.

NA: El misterio sin resolver.

CH: Exacto. Esa tensión de la que hablo y que trato de traducir sutilmente en mi
trabajo es justamente ese misterio que felizmente nunca se resuelve.

NA: Muchísimas gracias por este recorrido por tu taller y tus procesos.

CH: Gracias a vos.

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